Quejícolas entre nosotros 

Por Servio Correa Macías

 

A millones de kilómetros de distancia existe el planeta Quejus; para poder apreciarlo se necesitan los más avanzados telescopios colocados en los satélites que giran alrededor de la órbita terrestre.

Parece que, desde épocas remotas, algunas de sus naves han llegado a nuestro planeta y han tratado de colonizarnos; lo han hecho con mucha inteligencia pues casi no nos hemos dado cuenta; se parecen a nosotros, hablan como nosotros, pero vienen del planeta de las quejas, del planeta donde nada está bien y todo está mal. En ese distante lugar los optimistas son encarcelados por no acatar las normas sociales que inculcan una visión negativa de las cosas; de hecho, los presidentes, ministros y políticos en general (si allá también existe la política) son los personajes más populares pues ayudan a deteriorar las condiciones de vida generando una gran cantidad de motivos para quejarse.

A estas alturas del artículo probablemente usted puede pensar que estoy bromeando, pero no es así; yo los he visto, he trabajado con ellos, he sido su jefe, he estudiado con ellos, les he impartido clases…parecen humanos, pero son quejícolas; están en todos lados…en las oficinas, en las aulas de clases, en los centros comerciales, en el gobierno, toman la forma de su vecino, del tendero, del mensajero que trae el pedido de la farmacia, a veces incluso de su esposo o esposa.

Se parecen a nosotros, hablan como nosotros, pero vienen del planeta de las quejas, del planeta donde nada está bien y todo está mal. En ese distante lugar los optimistas son encarcelados por no acatar las normas sociales que inculcan una visión negativa de las cosas.

¿Sigue sin creerme? Le propongo un ejercicio, si usted está leyendo esto en su oficina, levante la mirada por un momento, mire a su izquierda, mire a su derecha, fíjese en su compañero de trabajo; ese que se lamenta del jefe, del amigo, de la señora que limpia la oficina, nunca está conforme con nada.

Llaman a reunión y dice algo como: “ otra  reunión más para perder el tiempo”, pasan unos días sin que convoquen a reunión entonces: “en esta oficina no hay trabajo en equipo, por eso estamos mal”; si el jefe quiere innovar un proceso: “ el jefe no sabe lo que hace”, si los procesos siguen igual entonces: “ el problema es que esta empresa no innova”; si hay un curso de capacitación: “nos hacen perder el tiempo”, si no se imparte capacitación: “claro, es que no le importamos a nadie en esta empresa”. ¿Se dio cuenta? Su compañero de trabajo es quejícola.

Si usted está leyendo esto en un aula de clases, levante la mirada, mire a la izquierda, mire a la derecha, fíjese en su compañero de clases, de ese que se queja siempre del profesor, que si llega a tiempo a la clase, que si llega tarde, que si envía muchas lecturas, que si no manda, que si no lo motiva, que si lo aburre, que va muy lento, que va muy rápido; que por qué usa Zoom, que por qué no usa Teams. Sí…su compañero de clases también es quejícola.

Si lee esto en la sala de su casa, levante la mirada, mire a la izquierda, mire a su derecha se da cuenta de esa persona que dicen que es su esposa o esposo, no, no es; mire bien, observe como se queja del sueldo que no alcanza, de los niños, de los profesores de los niños, de la luz que es cara, del tendero de la esquina, de la gasolina que subió, del carro que consume la gasolina que subió, de los baches por los cuales pasa el carro que consume la gasolina que subió, del semáforo que regula el tránsito en la calle que tiene los baches por los cuales pasa el carro que consume la gasolina que subió. No quiero romperle el corazón, pero su cónyuge fue secuestrado (a) y le dejaron un (a) quejícola.

Si usted está leyendo esto en su oficina, levante la mirada por un momento, mire a su izquierda, mire a su derecha, fíjese en su compañero de trabajo; ese que se lamenta del jefe, del amigo, de la señora que limpia la oficina, nunca está conforme con nada. 

Hagamos otro ejercicio, si tiene dudas de alguien, hágale la siguiente pregunta, algo parecido a “¿Hola Servio, cómo estás?” y Servio le contestará “Bien ahí, pasando, viviendo para no ser soberbio” o algo así como “Huuum ahííí más o menos” esta última frase viene con una expresión bastante quejícola del rostro, se tuercen ligeramente los labios de tal manera que se junten lo más posible a la nariz, simultáneamente la punta de la nariz se baja un poco para respirar lo menos posible este aire insolente que nos da la vida, al mismo tiempo se lanza una rápida mirada al interlocutor y se la redirige hasta perderse en el horizonte; si eso pasa entonces  no lo dude más, retírese de allí, no vaya a su casa, no vaya a su oficina, no vaya a universidad…allá también están los quejícolas.

Por cierto, existen varios tipos de quejícolas:

El quejícola ilustrado:
“Según datos de la ONU publicados en su informe Perspectivas socioeconómicas para el siglo XXI la movilidad social de la clase media se estancará, es decir, estaremos más jodidos que ahora.”

El quejícola vidente:
“En poco tiempo la empresa va a quebrar o los robots nos quitarán el trabajo.”

El quejícola de fin de semana: “Hay mucha gente en el cine, no se puede encontrar parqueo en el mall, hay demasiada gente en el patio de comidas, estoy fastidiado, la próxima vez me quedo en mi casa.”

El quejícola internacional: “La inflación subió en Estados Unidos, en poco tiempo subirá acá también, allá los taxis son mejores, uyyy la ropa es mucho mejor, la gente de allá no es como aquí”.

El quejícola con pedigrí (de padre y madre quejícolas):” Como dicen en mi casa, este país no lo cambia nadie; aquí hay que ser vivo, el que no llora no mama”

El quejícola digital: “Qué fastidio tener que ir a la tienda a comprar el aceite; debería poder pedirlo por internet, pagarlo con pay pal y recibirlo por dron.”

El quejícola analógico:  “Las  cosas  están  perdiendo  ese  toque  cálido, todo  se hace por computadoras e internet, antes la gente se miraba a la cara para conversar, ahora estos jóvenes se reúnen a conversar, pero solo ven su celular.”

Estimados seres humanos que me leen (estoy seguro que ninguno de ustedes es quejícola) no quiero decir que la vida es perfecta y que no pasemos por momentos difíciles, no quiero insinuar que no existen situaciones que nos derrumben, la muerte o enfermedad de un ser querido, la falta de dinero y trabajo, la inseguridad que nos rodea, un amigo que nos traicione; existen muchas cosas para quejarse pero a veces nos quedamos conectados con lo malo que nos pasa, nos conectamos con la carencia, nos concentramos en lo que nos falta, poco a poco desarrollamos una especie de filtro negativo, lo malo lo convertirnos en peor y lo bueno en regular.

¿Por qué en algunas ocasiones tendemos al negativismo? Un sicólogo evolucionista nos diría que recordar y concentrarnos en la información negativa (por ejemplo, un tigre diente de sable anda matando por aquí) nos ayudó a mantenernos con vida hace miles de años; un sociólogo nos explicaría que existe una presión social para ver las cosas de tal o cual manera; un neurocientífico nos diría que la amígdala (una pequeña estructura en forma de almendra ubicada en el cerebro) toma el control de nosotros y nos inunda de emociones como el miedo o la ira.

Pero más allá de todo eso tenemos la capacidad de decidir…podemos decidir transformarnos en víctimas o protagonistas, podemos convertir nuestra vida en un drama o en una comedia; es verdad que muchas personas se ven inundadas por la tragedia, pero los que no tenemos tragedias no hagamos de la queja una profesión o un símbolo nacional. 

Me parece que lo ilustra bastante bien Eduardo García Erquiaga en su libro “Supera la crisis reinventándote” cuando dice:

“La mejor lección de optimismo me la dio, hace ya tiempo, mi hijo Pedro, cuando tenía apenas tres o cuatro añitos. Ese día le habíamos comprado un globo de gas. Pedrito iba paseando con su madre por la calle, como un niño con zapatos nuevos. Con tan mala suerte que se cruzó con un señor que iba un tanto despistado fumando un puro. El globo explotó al tocar el cigarro y, su madre, tras el susto propio del estallido, le dijo:

 – ¡Oh! Qué pena, Pedrito, ¡te has quedado sin globo!

A lo que Pedro respondió:

– ¡Todavía me queda la cuerda!”

Aprendamos a fijarnos en la cuerda, agradezcamos y valoremos que todavía la tenemos… no nos quedemos anclados en el globo que ya no existe, no seamos quejícolas.

1 comentario en “Quejícolas entre nosotros”

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